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Pastor

El pastor José Satirio narra su historia. 

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Mis primeros años

Soy José Satirio Dos Santos, natural de Brasil y misionero en Colombia desde 1975. Nací el 6 de octubre de 1946 en Maceio estado de Alagoas y fui el primero de nueve hijos de Julio Satirio Dos Santos y Noemí Rocha Dos Santos. Desde muy niño ayudaba a mi padre que era panadero, a repartir el pan. Cierta mañana mientras tiraba mi carrito me detuve frente a la playa y observando mis pies descalzos y vestimenta pobre, pregunte a Dios si ésta era clase de vida que me esperaba, entonces escuche su respuesta: “Tú serás lo que quieras ser”. Aquella palabra me animó a soñar con servir en el ministerio. 

Un hecho milagroso acentúo mi anhelo de consagrarme al Señor. Cuando cumplí 13 años nació mi hermana Helena con una parálisis total, yo sufría viéndola en esa condición y sintiendo la angustia de mis padres. Un día tome a la pequeña en mis brazos y le pedí al Señor con todo mi corazón que la sanara. Él me escuchó y el milagro se produjo inmediatamente. 

Cumplidos los 15 años recibí un llamamiento profundo del Señor, me bautice y comencé mi ministerio en la iglesia de las Asambleas de Dios de la localidad. En dos años Dios me permitió fundar cerca de 20 congregaciones y encaminar a unos 750 jóvenes a Cristo. Las plazas se convirtieron en mi púlpito al que acudía solo o acompañado con 2 ó 3 amigos, “¡Tengo un mensaje, necesito que me escuchen!” proclamaba. Paralelamente me preparé en la Escuela de Formación Teológica Cicero Canuto de Lima en Sao Paulo (Brasil), donde obtuve el título en Teología. A los 19 años decidí contraer matrimonio con Nair Andrade, una hermosa joven de la iglesia, quien ha sido mi fiel compañera de ministerio. Fruto de nuestra unión nacieron tres hijos: Sulamita, Eliseo y José Jr. 


Una experiencia sobrenatural que cambió mi vida

En marzo de 1974, un domingo después del culto, llegué a casa, charlé con mi esposa y jugué con los niños y antes de acostarme tomé tiempo para mi oración nocturna. En segundos sentí que había sido arrebatado y llevado a un lugar desconocido. Me encontré en el cruce de una avenida con una calle, y allí vi seis personas inclinadas, ellas levantaron sus rostros y me dijeron:“Bienvenido a Colombia hermano José”  y uno de ellos puso su mano en mi hombro y me dijo:“Quiero mostrarle la ciudad”. Me llevó a un cerro y caminamos por un largo tiempo hasta llegar a una casa, él entró a la sala y una niña nos sirvió café, mantequilla, pan y queso. 

Mi acompañante oró y empezamos a comer ¡Si lo volviera a ver lo reconocería!, ¡Jamás olvidaré su rostro!, yo creo que era un ángel del Señor. De pronto se abrió la pared que tenía frente y quedó al fondo un pergamino con letras grandes y luminosas que decía en Español: “Dios, yo he visto una tierra feliz, Colombia”. Observe asombrado pero no entendía porque no era mi idioma natal; la niña me dijo: “Hermano, ¿entiende?” y me repitió la frase en portugués. 

Al sonido de Colombia me desperté, al mirar el reloj observe que había pasado una hora. De repente noté algo extraño, aún tenía migas de pan y sabor de café  en mi boca, me asuste mucho porque entendí que estaba frente a algo sobrenatural. Entonces el Espíritu Santo me hizo entender que había vivido una experiencia similar a la del evangelista Felipe (Hechos 8:26:39); inmediatamente fui a la biblioteca y conseguí un Atlas para ubicar a COLOMBIA. Pasé cinco meses buscando datos sobre este país y sintiendo como cada día se acrecentaba el amor por él y me desprendía de mi tierra. Concluido este tiempo le comuniqué a mi esposa Nair el llamado que había recibido y ella tomando mi mano me contestó: “José, los niños y yo iremos contigo donde nos mande Dios”. 


Caminando hacia la Visión

En 1975 decidí emprender el viaje para Colombia. Tenía 27 años, una esposa de mi misma edad y 3 hijos. La economía brasileña atravesaba una crisis y el gobierno prohibía la salida de divisas, por ello las iglesias no pudieron ayudarnos. Salimos de todas nuestras posesiones, trace la ruta atravesando la selva e iniciamos la travesía. Fueron días largos, calurosos acompañados del canto de los pájaros, guacamayas y loros; inmensos ceibos, árboles de caucho, volúmenes de madera que oscurecían la luz del día; peligros como serpientes y cocodrilos, viajando en avioneta, destartalados buses y una gran parte a pie. 

Los niños algunas veces reían y otras lloraban, Nair y yo en todo instante orábamos entregando a Dios nuestras pesadas cargas. Las noches las pasábamos en chozas o casas mal construidas, durmiendo en hamacas, en esteras, expuestos a las mil plagas de mosquitos. Fue un tiempo de caminos trillados, de trochas, de ríos caudalosos que atravesábamos en balsas o lanchas pequeñas. En medio de la selva, encontramos pastores y hermanos que nos dieron hospedaje y al final de los cultos colocaban una ofrenda de amor en nuestras manos.

Después de 43 días llegamos a la frontera de Brasil con Colombia. El 31 de marzo tomamos un avión en Leticia hacia Bogotá, donde aterrizamos al despuntar el alba del 1 de abril. Al querer tramitar las visas encontré que el país tenía restricción para religiosos y me negaron la entrada. Una gran agonía se apoderó de mí, le manifesté al Señor mi tristeza pues pensaba que si me había equivocado no podría regresar avergonzado habiendo comprometido el nombre de Dios. Después de mi clamor fui a la cama como a las 12 de la noche y en fracción de segundos, se abrió la puerta; un hombre blanco, alto se dirigió a mí sonriendo, me miró con sus ojos dulces, se sentó a la orilla de la cama y me dijo: “José, no temas porque estoy contigo, descansa y cuando amanezca vete a Cúcuta y allí comienza mi obra”. Entendí que era el Señor Jesucristo.


Entrando a la ciudad de la Visión

Después de la visión de aquella noche, mi corazón fue reconfortado y al día siguiente averiguamos donde estaba situada esta ciudad. El 19 de abril de 1975, pisamos tierra cucuteña, nos hospedamos en un hotel y pasados seis días durante los cuales recorrí la ciudad tratando de encontrar una señal del Señor para la obra.

El día sexto de mi llegada, guiado por el Espíritu Santo, encontré la casa que había visitado en visión un año atrás. Poder ver como se materializaba esta visión fue una emoción muy intensa. La casa había estado deshabitada por más de un año, la mano de Dios hizo que las puertas se abrieran y milagrosamente me la alquilaron. El 24 de abril estaba ocupándola, inicie los cultos al aire libre el día 28, y el 5 mayo las personas convertidas en las calles se reunieron en el salón del garaje de la casa, dando así origen a lo que es hoy el Centro Cristiano de las Asambleas de Dios en Cúcuta Colombia.


Sembrar la visión con lágrimas 

Los cultos continuaron regularmente y cada día se convertían a Cristo más personas. Al mes inicie el trabajo de abrir congregaciones visitando algunos barrios de la ciudad. En mis horas libres recorría incansablemente las calles llorando, sentía un increíble afán por salvar almas. Fruto de este trabajo muchas personas de diferentes estratos sociales comenzaron a conocer de Jesucristo, y sus vidas cambiadas fueron testimonio a la ciudad de la labor desarrollada por la iglesia. 

Sin embargo, no faltaron los obstáculos. Cúcuta tenía muy arraigada su tradición religiosa, yo era un extraño y cuando se enteraron que era predicador evangélico, el desprecio, las burlas y una lluvia de ataques físicos y verbales cayó sobre mí. También era difícil asimilar la cultura pues ni el idioma conocíamos bien y no teníamos quien nos interpretara. 

Los recursos económicos empezaron a escasear pues cuando llegué, con lo que me quedaba compré una mesa de comedor, una cama, una estufa de kerosen y algunas tablas para hacer las bancas de la iglesia. Las distancias eran largas pero no podía tomar bus porque carecía de dinero. Mi esposa me zurcía las camisas, volteaba los cuellos gastados y colocaba cartones por dentro de mis zapatos rotos. 

Un domingo después del culto, mi esposa nos llamó a la mesa, de pronto los niños comenzaron a llorar; cuando pregunté por qué lo hacían, Nair contestó que la comida estaba sin sal, ni aceite y ellos no soportaban comerla. Fue un momento de terrible prueba, la tensión se apoderó de mí, recordé la promesa de que el Señor es nuestro Pastor y nada nos faltará y comprendí que el pan nuestro de cada día, no era tener comida en exceso, sino comer lo que nos tocaba, sentirnos satisfechos y dar gracias a Dios. En ese momento alguien llamó a la puerta, limpie las lágrimas de mis ojos y salí, era un hermano de la iglesia que me dijo: “Yo estaba almorzando y de pronto sentí la necesidad de traerles esto” y me entregó un papelito doblado con $300, mucho dinero para mí en ese momento. Se me hizo un nudo de alegría en la garganta, le conté a mi esposa y rápidamente fui al mercado a comprar alimentos, este comienzo fue de constante lucha y privaciones, mas la fe, el amor por Jesús y la certeza de estar en su obra, nos confortaba. 


De Cúcuta hasta lo último de la tierra

Los años han transcurrido y Dios me ha permitido ver su mano obrando de manera prodigiosa. Primero, los miles de personas y familias que han sido transformadas por el poder del evangelio, luego la adquisición del terreno donde ahora se encuentra la iglesia y la construcción del temploa la par de la fundación de congregaciones en toda la región y varias instituciones que bendicen no sólo a los miembros de la iglesia sino a la comunidad en general. 

Dios nos ha dado además el privilegio de involucrarnos activamente en las misiones, apoyando varios esfuerzos misioneros, abriendo proyectos hacia pueblos no alcanzados y generando riquezas para sostenerlos Parte de mi tiempo lo dedicó además a compartir seminarios de misiones en diferentes partes del mundo y he visto con satisfacción la respuesta de cientos de familias que se han trasladado a Suramérica, Centroamérica, el este Europeo, África y Asia a llevar el mensaje del Evangelio.

Me llena también de sumo gozo experimentar el amor de las personas que Dios me ha colocado como compañeros de labor y el respeto que nuestro ministerio inspira en las autoridades de nuestra región y el país que han tenido a bien concederme algunos reconocimientos.

Hoy soy consciente de la responsabilidad que Dios me ha dado al colocar en mis manos un ministerio significativo en Colombia, país que amo tanto o más que a mi patria natal pues ya gran parte de mi familia es colombiana. Espero que aquel que ha comenzado la buena obra la perfeccione en mí hasta el día de Jesucristo. 


Reconocimientos


  • 1995 - “Orden de la Gran Colombia en el grado de Comendador” Asamblea del Departamento Norte de Santander.
  • 1998 - Medalla “Juana Rangel de Cuellar” Concejo de Cúcuta. 
  • 1998 - Medalla “Juana Rangel de Cuellar” Alcaldía de Cúcuta.
  • 2000 - Primer Premio Simón Bolívar “Hombre de la Frontera 1999” Instituciones binacionales colombo-venezolanos por sus méritos como buscador de la paz. 
  • 2005 - “Orden de la Democracia Simón Bolívar” en el grado de Gran Cruz Oficial Cámara de Representantes. 
  • 2009 - “Orden de la Democracia Simón Bolívar” en el grado de Comendador, otorgada por la Cámara de Representantes. 
  • 2011 - “Orden de la Democracia Simón Bolívar” en el grado de Comendador, otorgada por la Cámara de Representantes. 
  • 2012 -“Orden de la Democracia Simón Bolívar” en el grado de Cruz Caballero, otorgada por la Cámara de Representantes.

  • 2015 -  Recibe Nacionalidad Colombiana junto con su esposa la pastora Nair de Andrade Dos Santos,  entregada  por el honorable presidente Juan Manuel Santos Calderón en ceremonia especial realizada en el auditorio principal de nuestra Iglesia Centro Cristiano en Cúcuta - Colombia. 






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